Viernes 24 de abril

Porque es una gracia soportar, con el pensamiento puesto en Dios las penas que se sufren injustamente.

1 Pedro 2,19

Hemos aprendido a acompañar, consolar y sostener a nuestros seres queridos, a nuestros hermanos y a nuestro prójimo. Sus historias, sus luchas y sus penurias nos han conmovido, y hemos estado a su lado cuidándolos, alentándolos y queriéndolos.
Pero cuando el sufrimiento llega a nuestras vidas es distinto. No siempre se trata de episodios dramáticos, acusaciones infundadas o persecuciones despiadadas; a veces, simplemente, no tienen una causa. Pueden ser sueños frustrados, pérdidas dolorosas, temores ocultos, enfermedades, heridas no sanadas… Y los soportamos en silencio mientras seguimos avanzando, sin que se note demasiado. Pero no se nos pide eso.
Aquel que padeció por cada uno de nosotros, nos invita a entregar nuestra voluntad, nuestros pensamientos y nuestras aflicciones para cargárselas a él, una vez más y cada vez que nos sintamos abrumados. Cristo que ha padecido y transitado por el camino de la condición humana, nos deja su huella marcada: “cuando era insultado no devolvía el insulto, mientras padecía no profería amenazas”. Nos muestra que aceptar y entregarnos al sufrimiento no es más que permitir que Dios derrame su gracia sobre nosotros, una gracia in- merecida que nos santifica y nos edifica, y que nos acerca a una vida de plenitud, comunión e íntima amistad con él.

Patricia Pérez Mazzone

Compartir!

Facebook
Twitter
LinkedIn
WhatsApp
Email
Print