No hago lo bueno que quiero hacer, sino lo malo que no quiero hacer.
Romanos 7,19
Se cuenta que “en tiempos de persecuciones y martirios, llegó uno de los perseguidores a la casa de una mujer que había ocultado a uno de los fieles siervos y testigos de Cristo, y le preguntó: ¿En dónde está ese hereje? La mujer contesto: Abra aquel mueble y verá usted al hereje. El perseguidor abrió el mueble y sobre la ropa allí amontonada vio un espejo. ¡No hay aquí ningún hereje!, respondió encolerizado. Ah, le dijo ella, ¡observe usted el espejo y verá allí al hereje!”. Muchas veces ocurre que, en apariencia, aun queriendo hacer el bien hacemos el mal.
Tentados como estamos de ver los errores ajenos, jamás prestamos atención a los propios. La conciencia del apóstol es la que le permite afirmar que el pecado que anida en él es quien le impide hacer lo correcto. Lejos de que este pensamiento le sea de excusa para obrar mal, Pablo sabe que Cristo es el único que hace posible que la maldad y el pecado desaparezcan.
El primer paso es reconocer nuestra falta, aceptar que hemos pecado; el segundo, tan importante como el anterior, es reconocer que sólo en Jesús podemos recibir el amor y el perdón de Dios. Reconocer el pecado que anida en nosotros y nosotras, es un buen comienzo para aceptar a Jesús, el Cristo, como nuestro Señor y nuestro Salvador. Él es el único capaz de restaurarnos. Allí en el Gólgota, allí en su cruz, derrama su sangre para alimentar mi fe y limpiar mis faltas e impurezas. Allí en la cruz, mi pecado es crucificado con Él.
David Juan Cirigliano