Una noche, en Gabaón, el Señor se apareció en sueños a Salomón y le dijo: “Pídeme lo que quieras, y yo te lo daré”.
1 Reyes 3,5
Suena tentador. ¿Quién rechazaría una invitación así? Pedir lo que quieras, porque Dios te lo dará. Hace un tiempo atrás, una de las participantes de una reunión de jóvenes afirmó con vehemencia que, si podemos tener la certeza de que Dios nos dará lo que le pedimos, ella le pediría hacerla millonaria. Al instante, su compañera intervino preguntándole si ella creía que eso realmente la haría feliz. “¿Qué harías con tanta plata?” Y se entabló un profundo debate sobre el manejo que le damos a lo que tenemos. Porque tener mucho puede ser maravilloso, y para más de un adolescente la ilusión de sus más profundos sueños. Pero así también alberga un sinfín de peligros que no son problema para quienes no poseen en exceso.
Pero hablamos, aquella vez, también sobre el hecho de que recibir aquello que pedimos nos hace responsables de sus consecuencias.
“Tú lo quisiste así. Ahora hazte cargo”. Más de una vez en mi vida lo he escuchado. Y más de una vez he cargado con la desilusión de que aquello que con las mejores intenciones había soñado, finalmente no resultó ser la mejor opción. Simplemente porque nuestras pequeñas mentes humanas no tienen esa mirada acabada que sólo Dios en su inescrutable sabiduría tiene. Precisamente por ello es tan importante no pedir aquello que arbitrariamente nos parece a nosotros lo mejor, sino aquello de lo cual confiamos que tiene no solamente el visto bueno sino la bendición de Dios.
“¡Pero que no se haga lo que yo quiero, sino lo que quieres tú!” (Mateo 26,39).
Annedore Venhaus