Dame, pues, un corazón atento para gobernar a tu pueblo, y para distinguir entre lo bueno y lo malo.
1 Reyes 3,9
Estar a cargo de otras personas es todo un tema. Una madre de sus hijos. La maestra de sus alumnos. El presidente de una Comisión Directiva, con toda la comunidad a cuestas. El jefe de una empresa, debiendo velar por el buen desarrollo de la actividad, pero así también por el bienestar del personal a su cargo. Y ni hablar de los dirigentes de todo un pueblo.
Hay quienes se dejan encandilar por la tentación del poder. Quienes en vez de trabajar por el bien común se aprovechan de la posición que tienen para propio beneficio. Los y las hay, y más de lo que creemos. Pero aprovechar una posición de liderazgo para bien personal no es lo que Dios espera de nosotros. Al contario. Estar al frente demanda abnegación, a veces más de lo que nos agrada. Nos compromete a buscar siempre aquella decisión que vaya al encuentro de lo que le hace bien a quienes estamos llamados a liderar, no en primer lugar a nosotros mismos. Y nos desafía a desarrollar la máxima capacidad posible de distinguir entre lo que es bueno y malo, no para nosotros sino para el todo.
Te invito a pensar cuáles son esas personas, grupos, emprendimientos o situaciones sobre las cuales tienes alguna responsabilidad, que le pidas a Dios que te dé un corazón atento para “gobernar” con criterio, y que te conceda la capacidad de poder distinguir entre lo bueno y lo malo. Parece obvio, pero no siempre lo es. “El Hijo del hombre no vino para que le sirvan, sino para servir”. (Mateo 20,28).
Annedore Venhaus