Viernes 24 de julio

De igual manera, el Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad. Porque no sabemos orar como es debido, pero el Espíritu mismo ruega a Dios por nosotros, con gemidos que no pueden expresarse con palabras.

Romanos 8,26

A algunos nos enseñaron a orar desde pequeños, y lo hacemos con mucha naturalidad. A otros les cuesta más. Porque sienten no estar preparados para encontrar las palabras adecuadas. Porque les da vergüenza hablar sin tener evidencia de que aquel a quien se están dirigiendo los escucha. Más cuando se trata de orar en público, no todos tenemos la misma soltura.
Quizás ayude tomar conciencia de que la oración no es un ejercicio de la materia “Prácticas de lenguaje” que mide nuestra capacidad de expresar correctamente lo que queremos decir, sino una conversación personal, íntima e intransferible con aquel que no se fija en detalles lingüísticos sino en la esencia de lo que queremos decir, de lo que somos. No importan las palabras. No importan las formas. Lo que importa es el contenido, que ni siquiera precisa ser formulado, sino que con tan sólo pensarlo o sentirlo ya llegó a oídos de aquel quien por encima de nuestras habilidades nos conoce y nos ama tal y como somos. Que ya sabe lo que queremos decirle antes de que lo hayamos pensado. En tal sentido no es cierto que “la pastora sabe rezar mejor que yo”. Dios quiere escucharte, sentirte y pensarte a ti tal como eres. Y un pensamiento o sentimiento elevado en devoción al Señor vale tanto como mil palabras hermosamente formuladas.
“Señor, tú me has examinado y me conoces; tú conoces todas mis acciones; aun de lejos te das cuenta de lo que pienso” (Salmo 139,1-2).

Annedore Venhaus

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