Todos ustedes los que tienen sed: Vengan a las aguas; y ustedes los que no tienen dinero, vengan y compren y coman. Vengan y com- pren vino y leche, sin que tengan que pagar con dinero.
Isaías 55,1 (RVC)
¿Qué necesitamos verdaderamente para vivir? ¿Cuáles son aquellas prioridades que ordenan nuestra vida? ¿Cuánto nos cuesta eso que consideramos indispensable?
Este es un texto disruptivo, hace ruido, trastorna lo que pensamos y cuestiona una vida centrada en obtener objetos materiales, invirtiendo sangre, sudor y lágrimas en cuestiones que, en lugar de confortarnos y darnos esperanza, contribuyen al cansancio, la amargura y por fin, la desesperación.
De modo simple el texto nos invita a saciar nuestra sed sin gastar, gratis. Esa sed es más que una necesidad material; es una necesidad que involucra a la multidimensionalidad humana, reconociendo, al fin, que, como personas, somos una unidad indivisible.
Se trata de trascender lo material, incluyéndolo y apuntar más profundo. ¿Qué hacemos para colmar nuestro vacío existencial y la necesidad de encontrar el sentido último de nuestra vida? Esto es algo que no se puede comprar, pero que, claramente, Dios nos ofrece gratuitamente en Jesús quién dijo: “Si alguno tiene sed venga a mí y beba” (Juan 7,37). Se trata de una vida que valga la pena, que alimente el cuidado, el respeto, la compasión, la comunión, el servicio.
La invitación es abierta, es para quién “brama de sed”, quién no encuentra satisfacción en acumular y gastar la vida aislado de los demás y compitiendo por cuestiones que no pueden salvar, ni sanar. Se habla mucho de salud mental en estos tiempos y no es casualidad, pero no se puede sanar solo la mente, debemos encaminarnos en la dirección del bien-ser, sin excluir ningún aspecto, y este bien-ser es una vida con sentido, con esperanza, uniendo el agua indispensable para la vida y el pan cada día, juntos.
Juan Carlos Wagner