Jueves 30 de julio

Por causa del Señor, tu Dios, por el Santo de Israel que te ha honrado, llamarás a gente que no conocías; pueblos que nunca te conocieron vendrán a ti.

Isaías 55,5 (RCV)

La mirada humana es limitada, no solo en lo espacial, sino también en lo que consideramos nuestras esferas de influencia. En algún momento, esto se daba también con los dioses. Un pueblo, un dios; otro pueblo, otro dios. Tanto es así que, en la época del exilio, la mayor parte de los deportados asumían que “El Santo de Israel” había sido derrotado a manos de Marduk el dios babilonio y su ejército humano. Por tanto, ya no cabía esperar nada de Él.
Lo que está en juego, en el exilio, no es solo la pérdida de la tierra, la soberanía política, sino, fundamentalmente si vale la pena creer en un Dios derrotado. El pueblo siente que la prisión y el cautiverio del último descendiente de David marca también el fin de Dios, de la fe, y por tanto de la esperanza.
Reconstruir una fe, significa asumir que el exilio no es una prueba de la debilidad de Dios, sino una respuesta directa a los errores y pecados de la dinastía davídica que empujaron a la catástrofe. Implica también darse cuenta que creer demanda una vida acorde a ese Dios que sigue estando presente pero que no dirá a todo que sí. Significa también ampliar el horizonte y reconocer, por un lado, que Dios gobierna el mundo, y, simultáneamente, por otro lado, reclama una vida que sea un eco de la misericordia y gracia recibidas, que llame a otros pueblos sedientos a arrimarse porque hay lugar, y hay gracia, y hay una vida con sentido.

Juan Carlos Wagner

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