Jueves 6 de agosto

Entonces el Señor le dijo a Elías: “Anda regresa por donde viniste al desierto de Damasco. Ve y consagra a Hazael como rey de Siria y a Jehú, nieto de Nimsí como rey de Israel y a Eliseo conságralo como profeta en lugar tuyo”.

1 Reyes 19,15-16

La respuesta de Dios a las oraciones y desencantos de Elías no se hace esperar. Lo vuelve al camino de la misión que desinstala a los políticos de turno. La misión encomendada es salir de las cuevas del monte Horeb y restaurar el poder político, cambiándolo por los que no se arrodillaron ante Baal y no lo han besado. Lo que equivale a decir que no se entregaron a la corrupción y al olvido de los designios de Dios para su pueblo.
Como resguardo queda un resto fiel, unos siete mil, que no tranzaron con los falsos dioses.
Siempre queda una esperanza ante las misiones difíciles y revolucionarias que Dios encomienda. Siempre hay gente y líderes que ven con claridad el camino y no se olvidan de su pueblo y de su Dios. A toda crisis y desesperanza, sucede una misión restauradora de la vida.
Con Elías la profecía alcanza la dimensión-misión de denuncia coherente, transformación de la opresión y desinstalación del poder que se entregó a los falsos dioses. La profecía en Elías es una fuente fresca y primera de la cual muchos beberán en la historia del pueblo de Dios, llegando a su máxima expresión en Jesús de Nazareth. El hijo rebelde de un padre restaurador de la dignidad humana, a quien estamos llamados seguir hasta su reino.

Rubén Carlos Yennerich Weidmann

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