Lunes 10 de agosto

Que el Señor tenga compasión y nos bendiga,

que nos mire con buenos ojos,

para que todas las naciones de la tierra

conozcan su voluntad y salvación.

Oh Dios, que te alaben los pueblos; ¡que todos los pueblos te alaben!

Salmo 67,1-3

Para mi confirmación, elegí un texto. Aunque entendía el valor del rito en la vida de la iglesia y la comunidad, no tenía claro cuál era su significado para mí. No sé si les pasó a otras personas, pero yo nunca volví a pensarlo hasta hoy.
Mis compañeros y compañeras eligieron alguna parábola con una enseñanza o quizás un salmo que expresara su fe. Yo elegí Números 6,24-26, una bendición sacerdotal que había escuchado muchas veces al final del culto, acompañada de un gesto con la palma de la mano abierta. Es posible que, al elegirlo, buscara esa bendición sacerdotal para mi confirmación y que el Señor volviera su rostro hacia mí para concederme paz. También es posible que, más arrogantemente, quería ser canal de esa bendición hacia otras personas.
El salmo retoma la bendición sacerdotal de Números y la convierte en una oración comunitaria. El “nosotros” se refiere al pueblo histórico de Israel, que pide la bendición para sí mismo y para que todas las naciones conozcan la bondad de Dios, dotándola así de un sentido misionero, bondadoso, generoso y universal.
Al escribir estas líneas, después de casi 600 días de una guerra despiadada y brutal en Gaza y casi 80 años de genocidio, me encuentro con que el Estado de Israel de hoy y muchas naciones del mundo han elegido ignorar el rostro resplandeciente de la bondad, la vida y la paz.

Marcos Knoblauch

 

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