Martes 11 de agosto

Que las naciones griten de alegría, pues tú gobiernas los pueblos con justicia; ¡tú diriges las naciones del mundo! Oh Dios, que te alaben los pueblos; ¡que todos los pueblos te alaben! La tierra ha dado su fruto; ¡nuestro Dios nos ha bendecido! ¡Que Dios nos bendiga! ¡Que le rinda honor el mundo entero!

Salmo 67,4-7

Hace unos años, trabajé con la organización Equipos Cristianos de Acción por la Paz, acompañando a comunidades afectadas por la guerra en el Kurdistán iraquí. El grupo armado revolucionario kurdo PKK lleva casi 40 años luchando contra la opresión del Estado turco, que mantiene una fuerte presencia militar en la zona. Este conflicto ha causado y sigue causando un profundo impacto y grandes afecciones en la población civil, en su mayoría campesinos.
Los kurdos y otros pueblos de la región reciben la primavera con el Newroz, una antiquísima celebración proveniente del zoroastrismo arraigada en las tradiciones campesinas y pastoriles. En esta celebración, la gente se reúne con sus vestidos tradicionales, prepara manjares y rompe vajillas para atraer la buena suerte. La música y las danzas inundan las calles y los campos, y las fogatas simbolizan el fin de un tiempo de oscuridad y opresión para dar paso a un tiempo de luz y justicia.
La tradición del Newroz es mucho más antigua que el Salmo, pero coinciden en su sentido universalista: todos los pueblos están bienvenidos a celebrar, alabar y recibir las bendiciones de la tierra.
Mientras escribo estas líneas, el líder del PKK ha hecho un llamamiento para que se depongan las armas, se muestre voluntad para dejar atrás décadas de guerra y sufrimiento y se camine hacia la paz. Ojalá —si así lo quiere Dios— este sea el paso hacia un tiempo de luz y justicia para los kurdos.

Marcos Knoblauch

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