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Y una mujer cananea, de aquella región, se le acercó, gritando: ¡Señor, hijo de David, ten compasión de mí! ¡Mi hija tiene un demonio que la hace sufrir mucho! Jesús no le contestó nada. Entonces sus discípulos se acercaron a él y le rogaron: “Dile a esa mujer que se vaya, porque viene gritando detrás de nosotros”.
Mateo 15,22-23
Jesús llega a las ciudades fenicias de Tiro y Sidón, en la provincia romana de Siria. Esta es la segunda vez que sale del territorio bíblico de Israel y realiza un milagro a una persona pagana. De esta forma, tanto el centurión de Cafarnaún como la mujer cananea son ejemplos de la universalidad de la hospitalidad inclusiva y sanadora del reino de Dios. Un proyecto de vida que se evidencia en las comidas abiertas de Jesús, en las que las personas marginadas ocupan un lugar preferencial.
Hoy en día, las personas suplican un tejido social de aceptación y reconocimiento. El mundo suele ser indiferente ante el sufrimiento ajeno y tiende a levantar muros entre “lo propio” y “lo ajeno”. Se instala el miedo a “lo otro, lo distinto”, el egoísmo y las ansias de dominio. Esa es la senda que lleva a la violencia, la intolerancia religiosa, la LGTBI-fobia, la aporofobia (rechazo, odio o aversión hacia las personas pobres y desfavorecidas) y la xenofobia.
La escucha y la compasión de Jesús vencen el miedo a lo extraño, atodo aquello que las tradiciones y la arrogancia de quien se autojustifica consideran impuro y demoníaco. ¡Transgredimos el Evangelio con nuestro corazón de piedra! Roguemos al Espíritu Santo que quite la venda de nuestros ojos para comprender y encarnar la voluntad de Dios, que es vida abundante sin exclusiones. ¡Honremos su presencia liberadora, porque, como pregonaba Ireneo de Lyon, “la gloria de Dios es que el ser humano viva”!
Erick Umaña