Lunes 31 de agosto

Señor, enséñame el camino de tus leyes, pues quiero seguirlo hasta el fin. Dame entendimiento para guardar tu enseñanza, ¡quiero obedecerlas de todo corazón!. Llévame por el camino de tus mandamientos, pues en él está mi felicidad. Haz que mi corazón pre- fiera tus mandatos a las ganancias mal habidas.

Salmo 119,33-36

Cuenta un antiguo relato oriental que un hombre encontró un diamante en el camino hacia el pueblo al que se dirigía. Según una antigua ley religiosa, quien encontraba algo perdido en el camino debía ir tres veces a la plaza del pueblo para proclamar lo que había encontrado y así buscar a su dueño. Como era bastante religioso, sintió la necesidad de cumplir lo prescrito por la ley; sin embargo, también era codicioso y no quería desprenderse del diamante, por lo que acudió durante tres noches, cuando no había nadie, para anunciar entre dientes lo que había encontrado, cumpliendo así con la ley. Cuántas veces nos pasa lo mismo: deseamos seguir el buen camino, pero sentimos que nos falta algo o ponemos límites a nuestra disposición para obedecer. El salmista le pide a Dios que lo instruya en el camino de sus leyes, pues desea seguirlas hasta el final. Y esta súplica nos resulta muy familiar, es como si la hubiéramos pronunciado nosotros. Sabemos dónde está la fuente de vida y felicidad, pero nuestros corazones se desvían con demasiada frecuencia. Por eso cobra sentido la súplica final, en la que pedimos ayuda para vivir como Dios quiere.
Señor y Dios nuestro, danos la fuerza para superar las sutiles tentaciones que aparecen frecuentemente en el camino de nuestra vida. Te lo pedimos en nombre de Jesús. Amén.

Daniel Roger

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