Lunes 7 de septiembre

Bendeciré al Señor con toda mi alma; bendeciré con todo mi ser su santo nombre. Bendeciré al Señor con toda mi alma; no olvidaré ninguno de sus beneficios. Él es quien perdona todas mis maldades, quien sana todas mis enfermedades, quien libra mi vida del sepulcro, quien me colma de amor y ternura, quien me satisface con todo lo mejor y me rejuvenece como un águila.

Salmo 103,1-5

La eterna juventud es un viejo sueño de la humanidad. Creo que el sueño del salmista es otro.
Él lo sabe por experiencia: la vida se ve de manera diferente si se mira con gratitud o con amargura. La amargura enferma.
La gratitud es buena para el alma y para todo lo demás. Piensa en ello: ¿qué cosas buenas te han pasado en la vida?, ¿qué te ha salvado de algún peligro?, ¿qué podría haber sido muy distinto?, ¿quién te perdonó cuando no lo merecías?
Todos hemos vivido situaciones así; forman parte de la vida. Hay quien las da por sentado o incluso quien supone que son la recompensa merecida por los esfuerzos de su vida. Yo soy de los que piensan más allá y más profundamente. Pertenezco a ese grupo de personas que descubren rastros de Dios en lo que les ocurre en la vida. Porque la gratitud es una actitud sana que alegra el corazón y contribuye a mantener joven el alma.
Buen Dios, experimentamos tantas cosas buenas de ti: protección, ayuda, bendición. Ayúdanos a ser agradecidos y a reconocerte en todas las bendiciones de nuestras vidas, y que nuestra gratitud se convierta en tu alabanza. Te lo pedimos de todo corazón. Amén.

Andrea Pfeifer

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