Miércoles 9 de septiembre

Como Jacob había muerto, los hermanos de José pensaron: “Tal vez José nos odia, y se va a vengar de todo el mal que le hicimos”.

Génesis 50,15

La historia de José es dura: sus propios hermanos lo vendieron como esclavo y pasó por muchas dificultades. Con el tiempo, llegó a ocupar un puesto muy importante en Egipto. Cuando hubo hambre, sus hermanos fueron allí a buscar comida y, sin saber que se trataba de él, se reencontraron.
José ya los había perdonado, ayudado e incluso dado un lugar donde vivir. Sin embargo, cuando Jacob murió, volvieron a sentir miedo. Pensaron que José en realidad no los había perdonado y que se iba a vengar. La culpa les seguía pesando, aunque ya todo había pasado.
A veces nos pasa eso: nos cuesta creer que alguien nos haya perdonado de verdad. Incluso cuando ya nos han dicho que está todo bien, seguimos dándole vueltas a lo que hicimos. Esa culpa que no terminamos de soltar nos hace vivir con miedo y, a veces, también nos frena en el camino de la fe. Vivimos pendientes de nosotros mismos, como si esperáramos un castigo, aunque ya nadie lo esté buscando.
Perdonarnos a nosotros mismos es, a veces, la parte más difícil: debemos aprender a diferenciar el arrepentimiento de la culpa. Esta historia nos muestra que Dios no quiere que estemos atados al pasado ni que nos sintamos abrumados por cargas que nos quiten la alegría. Su perdón es sincero, nos da otra oportunidad y nos invita a vivir livianos. El desafío consiste en poder confiar en ese amor tan grande, dejar de lado los miedos y atrevernos a avanzar con libertad.

Marianela Rene Weiss

Compartir!

Facebook
Twitter
LinkedIn
WhatsApp
Email
Print