Hay quienes dan más importancia a un día que a otro, y hay quienes creen que todos los días son iguales. Cada uno debe estar convencido de lo que cree. El que guarda cierto día, para honrar al Señor lo guarda. Y el que come de todo, para honrar al Señor lo come, y da gracias a Dios; el que no come ciertas cosas, para honrar al Señor deja de comerlas, y también da gracias a Dios. Ninguno de nosotros vive para sí mismo ni muere para sí mismo. Si vivimos, para el Señor vivimos; y si morimos, para el Señor morimos. De manera que, tanto en la vida como en la muerte, del Señor somos. Para eso murió Cristo y volvió a la vida: para ser Señor tanto de los muertos como de los vivos. ¿Por qué, entonces, criticas a tu hermano? ¿O tú, por qué lo desprecias? Todos tendremos que presentarnos delante de Dios, para que él nos juzgue. Porque la Escritura dice: «Juro por mi vida, dice el Señor, que ante mí todos doblarán la rodilla y todos alabarán a Dios.» Así pues, cada uno de nosotros tendrá que dar cuenta de sí mismo a Dios.
Romanos 14,5-12
Pablo nos habla de personas que viven la fe de distintas maneras. En la diaconía también encontramos esa diversidad: entre quienes servimos y entre quienes acompañamos. Este texto resulta liberador porque nos recuerda que no hay una sola forma de expresar nuestra fe y eso también vale al servir. La diaconía es amar sirviendo, incluso en la diferencia.
Señor de la vida, ayúdanos a construir comunidad desde la empatía, sembrando tu amor en cada gesto. Amén.
Mariela Weiss