Señor, acuérdate del amor y la ternura que siempre nos has manifestado, pero no te acuerdes de mis pecados ni del mal que hice en mi juventud. Señor, acuérdate de mí, por tu gran amor y bondad.
Salmo 25,6-7
Este salmo es uno de los muchos que se le atribuyen al rey David. Su vida nos muestra que provenía de una familia del campo. Pasó a formar parte del círculo de confianza del rey Saúl, hasta el punto de convertirse en su músico y terapeuta. En un duelo de valientes, mató a Goliat. Después se hizo amigo de Jonatán, hijo de Saúl, y se casó con Mical, la hija de este. Más tarde, el rey intentó matar a David, pero Jonatán intervino para impedirlo. Durante la huida de David para escapar de la persecución del rey, tuvo dos oportunidades de matar a Saúl, pero no lo hizo.
David se convierte en el segundo rey, pero el prestigio que adquiere se ve salpicado por un caso de corrupción por su causa en el que muere un inocente.
Esta incompleta biografía de David nos sirve para darnos cuenta de lo complejos que somos los seres humanos, incluyendo a las personas creyentes. Somos capaces, en diversas circunstancias, de perdonar y destruir, de practicar la compasión, pero también de proceder injustamente por ambición.
Mi participación en la comunidad viene cargada de recuerdos, emociones y expectativas, y las demás personas aportan lo suyo. En oración sincera, Dios nos recibe y nos multiplica su gran amor y bondad.
Dios de gracia, que no experimentemos tu memoria sobre nuestra existencia como opresión, sino como el amor que nos libera y nos pone en el camino de Jesús.
Álvaro Michelin Salomon