El Señor se dirigió a mí y me dijo: “¿Por qué en Israel no deja de repetirse aquel refrán que dice: ‘Los padres comen uvas agrias y los hijos tienen la dentera’? Yo, el Señor, juro por mi vida que nunca volveréis a repetir este refrán en Israel. A mí me pertenece todo ser humano, lo mismo el padre que el hijo. Aquel que peque, morirá”.
Ezequiel 18,1-4
La palabra de Dios, puesta en boca del profeta Ezequiel en el capítulo 18, versículos del 1 al 4, nos invita a profundizar en la responsabilidad individual ante Dios y en la justicia divina. En estos versículos, Dios rechaza la idea de que los pecados de los padres puedan ser transferidos a los hijos y afirma claramente:
“Las almas que pecan, esas morirán”. Este mensaje destaca que cada persona es responsable de sus propias acciones y de su relación con Dios, y nos invita a abandonar las excusas y justificaciones que intentan eludir la responsabilidad personal. En esa época y aún en la actualidad, la cultura puede caer en la tendencia a culpar a las generaciones anteriores por los errores del presente. Sin embargo, Dios establece que cada uno será juzgado por sus propios actos, promoviendo una justicia individual basada en la conciencia y la virtud.
Este texto también nos recuerda la misericordia de Dios, que no desea la muerte del pecador, sino que se arrepienta y viva. La invitación es a reconocer que siempre hay oportunidad de cambiar, de volver a Dios y de seguir un camino de justicia. Cada persona tiene la capacidad de decidir, de actuar con rectitud y de construir un destino que refleje su fidelidad a Dios.
Las palabras de Ezequiel nos desafían a asumir nuestra responsabilidad moral y espiritual, confiando en la justicia y la misericordia divinas. Nos animan a vivir con integridad, sabiendo que nuestras acciones nos definen y que Dios, en su amor, siempre está dispuesto a perdonar y ofrecer una nueva oportunidad a quien se arrepienta sinceramente.
Norberto Rasch