Tengan unos con otros la manera de pensar propia de quien está unido a Cristo Jesús, el cual: Aunque existía con el mismo ser de Dios, no se aferró a su igualdad con él, sino que renunció a lo que era suyo y tomó naturaleza de siervo. Haciéndose como todos los hombres y presentándose como un hombre cualquiera, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, hasta la muerte en la cruz. Por eso Dios le dio el más alto honor y el más excelente de todos los nombres, para que, ante ese nombre concedido a Jesús, doblen todos las rodillas en el cielo, en la tierra y debajo de la tierra, y to- dos reconozcan que Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre. Por tanto, mis queridos hermanos, así como ustedes me han obedecido siempre, y no sólo cuando he estado entre ustedes, obedézcanme más ahora que estoy lejos. Hagan efectiva su propia salvación con profunda reverencia; pues Dios, según su bondadosa determinación, es quien hace nacer en ustedes los buenos deseos y quien los ayuda a llevarlos a cabo.
Filipenses 2,5-13
Jesús era humilde, obediente y siempre estaba dispuesto a servir.
No se creyó mejor que nadie. Al contrario, vivió como uno más y murió en la cruz por amor. El texto del apóstol Pablo nos invita a hacer lo mismo: vivir con humildad, sin querer destacar y ayudando a nuestro prójimo. Podemos ponerlo en práctica todos los días: escuchando con paciencia a alguien que necesita desahogarse, cuidando con cari- ño a un familiar enfermo o a una persona mayor, aunque suponga un esfuerzo y requiera tiempo. Dios pone en nuestro corazón el deseo de hacer el bien y también nos dará la fuerza para llevarlo a cabo.
Leandro Hildt