Voy a cantar en nombre de mi amigo una canción de amor a su viñedo. Mi amigo tenía un viñedo en una ladera fértil. Lo cavó, le quitó las piedras y plantó en él vides escogidas. Edificó una torre en medio de él y además cavó en él un lagar. Pero el viñedo dio uvas silvestres.
Isaías 5,1-2
Hay etapas en la vida en las que sentimos que todo estaba preparado para crecer: familias que nos amaron, oportunidades que se nos presentaron y semillas de fe que otros sembraron en nosotros. Sin embargo, nuestras decisiones no siempre reflejaron el cuidado que recibimos.
Cuando leo este pasaje, me reconozco en ese viñedo. Yo también di frutos amargos cuando Dios soñaba lo mejor para mí. Me doy cuenta de cuántas veces corrí detrás de lo que el mundo ofrecía, olvidando que ya tenía todo lo que necesitaba en el amor del Padre. Pero lo maravilloso es que Dios nunca me abandonó. Su amor no depende de mis logros ni de mis errores; sigue confiando en mí, no permitió que mi vida quedara estéril ni renunció a su sueño sobre mí. Cada día me vuelve a sembrar de gracia, esperanza y propósito.
Hoy sé que su amor no solo está para ser guardado, sino para ser extendido. Su reino florece cuando permitimos que él transforme nuestras uvas silvestres en vino nuevo, en bendición para los demás.
Oración: Señor, gracias porque no te cansas de soñar conmigo. Aunque a veces me aparté de ti, tu amor nunca me abandonó. Hoy quiero responder a tu cuidado dando frutos que extiendan tu Reino en cada lugar adonde me lleves. Trabaja en mi vida, transforma mi corazón y haz de mí un instrumento de tu gracia. Amén.
Julia Pereyra