El Señor dijo: Pueblo de Judá, juzguen entre mí y mi viñedo. ¿Qué más pude haber hecho por él? Esperaba uvas buenas, y dio uvas agrias. Por eso le quitaré la protección, será destruido y abandonado. Crecerán espinos y no tendrá lluvia. El viñedo del Señor es su pueblo, y esperaba justicia (…) pero encontró injusticia y clamores de angustia
Isaías 5,3-7
Aunque fue escrito hace siglos, este mensaje del profeta Isaías sigue hablándonos con fuerza hoy. Dios, que esperaba justicia y encontró dolor, sigue llamándonos a dar frutos de amor, verdad y consuelo. En distintos lugares del mundo, hay madres que buscan a sus hijos, niños que sufren abusos y personas que viven en silencio porque nadie las escucha. Y, muchas veces, el dolor continúa porque quienes podrían hablar prefieren callar.
Dios no es indiferente ante estas situaciones. Isaías nos muestra a un Dios que esperaba frutos buenos y encontró injusticia. Un Dios que ama, pero que también sufre cuando su pueblo no responde al llamado de la verdad.
Hoy también espera eso de nosotros. No solo espera oraciones, sino compromiso: que abracemos al que sufre, que acompañemos al que no tiene fuerzas y que denunciemos lo que está mal. Aunque no podamos cambiar el mundo entero, siempre hay algo que podemos hacer. Ese gesto es un fruto que agrada a Dios. Su reino crece con cada acto de justicia. Cuando alguien se anima a hablar o a sostener al otro, la angustia cede y la esperanza renace.
Oración: Señor, no quiero ser indiferente. Muéstrame dónde hay dolor y enséñame a responder con tu amor. Dame fuerzas para hablar con verdad y acompañar con ternura. Que mi vida dé frutos que traigan justicia. Amén.
Julia Pereyra