Martes 3 de noviembre

Que todos los que te buscan se llenen de alegría.

Salmo 70,4a

La búsqueda del tesoro es un juego clásico de los campamentos. He visto correr a niños, jóvenes y adultos. He corrido y he participado en el ansioso análisis de las pistas en busca de la llave que lleva a otra. No sé si será la última pista o si faltan muchas más, ni que longitud tiene el camino, pero sí sé que hay un tesoro. Esa incertidumbre es lo que da sentido a la alegría. Alegra encontrar el tesoro y también buscarlo con la seguridad de que está ahí.
El autor del salmo no escribe desde la alegría: “A mí, que estoy pobre y afligido, Dios mío, ¡ven pronto a ayudarme!”. Escribe desde la seguridad de que su búsqueda tiene un tesoro que no ve, pero que existe: “tú eres quien me ayuda y me liberta, ¡no te tardes, Señor!”.
Puede que el camino sea largo y queden muchas pistas por encontrar, pero llega. Su dolor tiene esperanza.
Por eso no lo ahoga el egoísmo, no se queda en su aflicción, sino que tiene espacio para recordar a quienes, como él, también buscan y esperan, y sienten la alegría de quien camina, a veces en la oscuridad, sabiendo que su tesoro está a salvo.
Leemos hoy este salmo usted y yo. Es posible que lo leamos al mismo tiempo, pero no necesariamente en el mismo momento. Es posible que estemos en distintas etapas del camino o que lo recibamos desde sentimientos diferentes. Pero que el Señor nos conceda hacerlo con la alegría que da el saber que, si nuestra búsqueda es él, el final de ese camino es el tesoro que necesitamos.

Oscar Geymonat

Compartir!

Facebook
Twitter
LinkedIn
WhatsApp
Email
Print