La sabiduría resplandece con brillo que no se empaña, los que la llaman, la descubren fácilmente y los que la buscan, la encuentran, ella misma se da a conocer a quienes la desean.
Sabiduría 6,12-13
La sabiduría brota más del reconocimiento de la ignorancia que de la erudición. El “solo sé que no sé nada” de Sócrates es su punto de partida. Cuanto más se conoce, mayor es la conciencia de lo que se ignora. Pero a la erudición a veces se le acerca una falsa amiga: la soberbia. Entonces toma un camino que la aleja inexorablemente de la sabiduría.
Me resulta sobrecogedor imaginar al autor del Salmo 8 mirando nuestro mismo cielo una noche de hace 2 mil quinientos años. Para él, el universo era mucho más pequeño, se limitaba a la bóveda celeste que veía. Sin embargo, decía: “Cuando veo el cielo que tú mismo hiciste, y la luna y las estrellas que pusiste en él, pienso: ¿qué es el ser humano?”.
Hoy nos sentimos infinitamente más pequeños porque cada pedacito de ese universo que vamos conociendo nos muestra la inmensidad por conocer. El sabio se sorprende cada vez más y busca en la sabiduría ajena que lo guíe en su vida. La descubre porque la busca. Se le revela porque él la desea.
Las ciencias que se ocupan de la vida alcanzan su mayor éxito cuando descubren cómo funciona lo creado, cuáles son sus mecanismos y cómo se desarrolla y cuida de sí. Alcanzan la sabiduría cuando logran escuchar lo que la primera sabiduría, que lo creó todo, ha dicho desde siempre.
Oscar Geymonat