Los que murieron creyendo en Cristo.
1 Tesalonicenses 4,16b
Durante mi ejercicio del ministerio pastoral, desde mis tiempos como vicaria hasta este último periodo, cerca de mi jubilación, uno de los actos pastorales en los que me he comprometido y he participado ha sido el ministerio de la visitación, especialmente a enfermos y enfermos terminales. En cada visita, cada charla y cada palabra, he intentado transmitir la esperanza que ponemos en Jesús, pues él fue el primero en demostrar que el pecado, la enfermedad y la muerte fueron vencidos en la cruz.
Nuestra confianza está puesta en confiar y creer que “todo lo puedo en Cristo que me fortalece” (Filipenses 4,13) y que “nada podrá separarnos del amor de Dios” (Romanos 8,38). Recuerdo haber visitado a una anciana que, de joven, había sido muy activa en la vida de la congregación que por entonces pastoreaba. Postrada en su lecho, viendo cómo la vida se le escurría de su cuerpo, supo transmitirme la firme certeza de que, muriendo en Cristo, resucitaría junto a él.
Poder poner nuestras vidas en manos de Dios, que a través de Jesucristo da un nuevo sentido a nuestras vidas, hace posible que podamos atravesar los momentos difíciles fortalecidos y confiados. Especialmente los momentos de enfermedad. Muchas veces, el desenlace es la muerte, pero si podemos levantar la mirada y vislumbrar la luz de la Pascua, entonces, más allá del llanto y la tristeza, podremos vivenciar la paz que el resucitado trae a nuestras vidas. Como dice la promesa: “Ya no habrá muerte, ni llanto, ni lamento, ni dolor, porque todo lo que antes existía ha dejado de existir” (Apocalipsis 21, 4).
Gladys Heffel