La Iglesia Evangélica del Río de la Plata (IERP) despide con profundo dolor al pastor Pablo Münter, fallecido el sábado 31 de octubre de 2026, a los 59 años. A lo largo de más de tres décadas de ministerio, acompañó a distintas comunidades de Argentina y Uruguay, dejando una trayectoria marcada por el compromiso con las familias, la inclusión de las personas con discapacidad y una profunda preocupación por el bienestar de quienes dedican sus vidas al cuidado de otras personas.
Nacido el 24 de abril de 1967 en Florencio Varela, provincia de Buenos Aires, Pablo se licenció en Teología en 1993 y desarrolló su ministerio durante más de tres décadas. Estuvo casado con Gabriela Lebherz, con quien tuvo dos hijas, Aimará y Mailén.
A lo largo de su trayectoria pastoral trabajó en Baradero, San Nicolás, Santo Domingo (Santa Fe), Paysandú (Uruguay), la Congregación Evangélica de San Antonio (Entre Ríos) y la Congregación Evangélica Alemana en Buenos Aires, en Olivos. En los últimos años se desempeñaba como pastor de la Congregación Evangélica Alemana en Buenos Aires y coordinador de la Pastoral con Personas con Discapacidad y su Entorno de la IERP.
Una pastoral construida desde las experiencias de vida Una de las características de Pablo fue su manera de comprender y desarrollar el acompañamiento pastoral. Lejos de limitarse a transmitir conocimientos teológicos, procuraba generar espacios de confianza donde las personas pudieran hablar de sus preocupaciones, dificultades, miedos y experiencias cotidianas.
En su trabajo pastoral no dudaba en abrir su propio corazón, compartir experiencias de vida y reconocer las dificultades que también atraviesan quienes acompañan a otras personas. Desde esa cercanía buscaba construir una pastoral que no ofreciera respuestas fáciles, sino herramientas para comprender las situaciones y encontrar caminos posibles. Su preocupación por las relaciones familiares, la discapacidad, el envejecimiento y el cuidado de las personas lo llevó a continuar formándose a lo largo de su vida. En 2006 obtuvo su formación como asesor familiar y, en 2023, se capacitó como asistente gerontológico en AMIA y como asistente personal de personas con discapacidad. A ello sumó diversos estudios relacionados con la discapacidad y el acompañamiento.
Desde la Pastoral con Personas con Discapacidad y su Entorno recorrió los distritos de la IERP, desarrollando talleres, encuentros y espacios de reflexión destinados a sensibilizar a las comunidades y ofrecer herramientas para abordar la discapacidad desde una perspectiva de inclusión, derechos y participación. Su mirada partía de una convicción fundamental: las personas con discapacidad no debían ser consideradas únicamente destinatarias de asistencia, sino reconocidas en su dignidad, autonomía y derecho a participar plenamente en la vida de las comunidades.
Uno de los aportes más significativos de Pablo fue su trabajo sobre el acompañamiento a las personas que cuidan a familiares mayores, enfermos o con discapacidad. A partir de numerosas experiencias pastorales, advirtió que muchas veces quienes asumían esas responsabilidades quedaban solas, sobrecargadas y sin espacios donde expresar sus propias necesidades. Esta preocupación quedó plasmada en su libro Cuidarnos para cuidar. Hacia una pastoral del cuidado de quienes cuidan a personas mayores, con discapacidad o enfermos, publicado por la IERP en septiembre de 2026, apenas unas semanas antes de su fallecimiento.
En las primeras páginas de la obra explicaba que, a lo largo de su ministerio, había encontrado reiteradamente situaciones en las que los familiares de las personas acompañadas también necesitaban ser escuchados y sostenidos. Esa experiencia lo llevó a profundizar en lo que denominaba el ministerio de cuidar a quienes cuidan.
Para Pablo, cuidar era mucho más que atender necesidades físicas o sanitarias. Implicaba reconocer la historia, los sentimientos, los vínculos, las posibilidades y los derechos de cada persona. En su libro definió el cuidado como «la manera más sublime de amar», pero también advirtió que el amor y la buena voluntad no siempre alcanzan cuando las responsabilidades se vuelven demasiado exigentes. Por eso insistía en que quienes cuidan necesitan descanso, acompañamiento, formación y espacios para expresar sus sentimientos sin ser juzgados. Reconocía especialmente la sobrecarga que enfrentan muchas mujeres, sobre quienes recaen las tareas de cuidado debido a mandatos familiares y sociales.
Desde una perspectiva pastoral profundamente humana, sostenía que no existen recetas universales para acompañar a las personas. Cada situación tiene una historia particular, atravesada por vínculos, emociones, creencias y circunstancias que deben ser escuchadas y comprendidas. También invitaba a comprender la espiritualidad como una dimensión fundamental del cuidado, no para ofrecer explicaciones fáciles al sufrimiento o a la discapacidad, sino para encontrar fortaleza, sentido y acompañamiento en momentos difíciles.
Su planteo era también un desafío para la Iglesia: aprender a mirar no solamente a las personas que necesitan asistencia, sino también a quienes permanecen a su lado, muchas veces en silencio, asumiendo responsabilidades que pueden transformar completamente sus vidas. Pablo deja como legado una manera de comprender la pastoral desde la escucha, la cercanía, la inclusión y el reconocimiento de la fragilidad humana. Su trabajo invita a seguir construyendo comunidades donde todas las personas tengan lugar y donde el cuidado sea una responsabilidad compartida.
