Domingo 30 de agosto

14° domingo después de Pentecostés | 22°en el año

A sus discípulos Jesús les dijo: “Si alguno quiere seguirme, niéguese a sí mismo, tome su cruz, y sígame”.

Cuando Jesús pronunció estas palabras, no estaba hablando de un sacrificio meramente simbólico ni de aceptar pasivamente los problemas de la vida. En su tiempo, la cruz era un instrumento de tortura y muerte, reservado para quienes el imperio pretendía castigar severamente.
Hoy, en un mundo donde se ensalza la meritocracia, se nos repite que “cada quien consigue lo que merece” y que el éxito justifica cualquier medio, incluso si implica pasar por encima de otros. Esta lógica celebra el “yo primero” y mira con desprecio a quienes se quedan atrás, culpándolos de su propia situación. Pero Jesús propone lo contrario: negarse a uno mismo no es anular nuestra identidad, sino renunciar al ego que busca privilegio, poder y prestigio a costa del prójimo.
Tomar la cruz, entonces, no es cargar resignados con una desgracía personal, sino cargar con el peso del sufrimiento ajeno como si fuera nuestro. Es decidir estar al lado de quienes son silenciados, marginados o descartados, aunque eso implique perder seguridad, comodidad o prestigio.
Seguir a Jesús significa entrar en el camino de la empatía activa, donde la vida se gasta en favor de otros. Significa que la “carga” no es impuesta por Dios, sino asumida libremente como un acto de amor solidario. En un mundo que dice “sálvate tú mismo”, Jesús nos llama a otra voz: “niégate a ti mismo, toma tu cruz, y sígueme”.
Ese camino no es fácil, pero es el único que conduce a la vida en plenitud.

Eugenio Albrecht

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