Falleció Juan Pedro Schaad, un pastor que hizo de la sencillez una forma de vivir la fe

El pastor emérito y expresidente de la Iglesia Evangélica del Río de la Plata (IERP), Juan Pedro Schaad, falleció el sábado 31 de octubre de 2026, a los 77 años, en Lucas González, Entre Ríos, Argentina, donde residía junto a su esposa Liliana. A lo largo de su ministerio acompañó a comunidades de Entre Ríos, Santa Fe, Paraguay, Buenos Aires y Córdoba, entre otros lugares. Su vida estuvo marcada por una profunda vocación pastoral, el compromiso con la justicia social, el cuidado de la Creación y una manera sencilla y cercana de vivir y compartir el Evangelio. Su fallecimiento, precisamente en el Día de la Reforma Protestante, adquiere un significado especial por su profunda identificación con la tradición protestante y su permanente compromiso con la renovación de la Iglesia y la transformación de la sociedad.

Juan Pedro nació el 15 de enero de 1949 en Suiza, pero se crio en Eldorado, Misiones, por lo que se sintió vinculado a esta tierra y a estos países. Sus padres se conocieron en Turquía, donde ambos trabajaban: su madre como enfermera al servicio de una familia de diplomáticos y su padre como técnico mecánico. De ellos recibió enseñanzas que, según recordaba, marcaron profundamente su manera de entender la vida. Especialmente de su padre aprendió el valor de la libertad, la generosidad y el conocimiento práctico. Su cercanía con la mecánica, que conservó durante toda su vida, formaba parte de esa herencia familiar. El 24 de enero de 1975 contrajo matrimonio con Liliana Isabel Bernhardt en Lucas González, la misma localidad donde falleció más de 51 años después. Por entonces ejercía el ministerio pastoral y residía en Urdinarrain, Entre Ríos. Junto a Liliana tuvieron tres hijas y un hijo: Milca, Priscila, Débora y Timoteo.

El pastor Juan Pedro Schaad sentado en su jardín en Lucas González. De fondo se puede observar su huerta familiar en la que dedicaba amor y trabajo.

 

Juan Pedro Schaad fue elegido vicepresidente de la Iglesia Evangélica del Río de la Plata (IERP) en 1995 y asumió la presidencia en 1998, cargo que desempeñó hasta 2002. Le tocó conducir la Iglesia en un período de transición, sucediendo al pastor Rodolfo Reinich, quien había ejercido la presidencia durante 18 años. Su gestión estuvo marcada por el desafío de dar continuidad al trabajo institucional y, al mismo tiempo, acompañar una nueva etapa en la vida de la Iglesia. No quiso ser re electo como pastor presidente porque consideraba que una iglesia podía elegir a un presidente por cuatro años y luego regresar al trabajo congregacional.

Juan Pedro entendía el ministerio pastoral como una oportunidad para acompañar a las personas desde sus propias realidades, escuchar sus preocupaciones y descubrir junto a ellas la presencia de Dios en la vida cotidiana. La sencillez no era solamente una característica de su personalidad, sino también una convicción teológica. En una entrevista realizada en su casa de Lucas González, recordaba que desde joven le había resultado difícil comprender determinados lenguajes utilizados en las predicaciones. Aquella experiencia influyó en su manera de comunicar el Evangelio.

«Yo siempre traté de hablar lo más sencillito posible», explicaba, convencido de que la profundidad teológica no debía confundirse con un lenguaje complicado o distante de la realidad de las personas. Su referencia permanente era el Jesús histórico, aquel que caminaba junto a la gente, compartía la mesa, escuchaba sus necesidades y anunciaba el Reino de Dios. Desde esa comprensión desarrolló una pastoral profundamente comunitaria, donde la predicación y la diaconía eran dimensiones inseparables de la fe.

Su trayectoria estuvo acompañada por innumerables historias y anécdotas, que relataba con humor, entusiasmo y una extraordinaria capacidad para reconstruir experiencias de la vida congregacional. Escucharlo significaba recorrer décadas de historia de la Iglesia, pero también descubrir, en situaciones aparentemente pequeñas, profundas enseñanzas sobre la fe y las relaciones humanas.

Una etapa particularmente significativa de su ministerio fue su trabajo en Paraguay durante la década de 1980, cuando acompañó el proceso de organización y consolidación de comunidades de inmigrantes brasileños en los departamentos de Alto Paraná, Canindeyú e Itapúa. En aquellos años, numerosas familias llegaban a Paraguay buscando tierras y mejores condiciones de vida. Juan Pedro acompañó ese proceso desde una concepción integral de la misión de la Iglesia, que incluía la formación comunitaria, la educación, la salud, la organización de los pequeños agricultores y el cuidado de la tierra.

Recordaba especialmente sus primeros años viviendo en una pequeña casa de madera, sin electricidad y con numerosas dificultades materiales, en condiciones semejantes a las de muchas familias que acompañaba. Lejos de considerar aquella experiencia como una privación, la describía como una bendición que le permitió desarrollar una cercanía muy profunda con las comunidades. Desde esa perspectiva, insistía en que la Iglesia no debía actuar por encima de las personas ni decidir por ellas, sino contribuir a fortalecer sus capacidades y acompañarlas en sus propios procesos.

Juan Pedro resumía esa convicción al afirmar que la Iglesia no pertenece a los pastores, sino a las comunidades, mientras que quienes ejercen el ministerio tienen la responsabilidad de acompañarlas y ayudarlas a crecer. Esta comprensión también se reflejó en su interés por la planificación estratégica congregacional, la formación de liderazgos laicos y la búsqueda de nuevas maneras de organizar la vida comunitaria. En el ámbito litúrgico promovió la incorporación de símbolos y experiencias participativas que permitieran expresar y comprender la fe más allá de las palabras.

Otro de los grandes compromisos de Juan Pedro fue su trabajo sobre la deuda externa ilegítima. Profundizó durante años en el estudio de sus mecanismos y consecuencias sociales, hasta convertirse en un referente y consultor de personas y organizaciones dedicadas a esta problemática. Consideraba que el endeudamiento de los países empobrecidos constituía una forma de sometimiento económico que profundizaba la desigualdad y limitaba las posibilidades de desarrollo de sus poblaciones. Para él, la tarea de la Iglesia no podía limitarse a aliviar las consecuencias de la pobreza, sino que también debía contribuir a comprender y transformar las estructuras que la producían. Por eso insistía en la importancia de formar conciencia, promover el debate público y reclamar mecanismos de auditoría de las deudas.

Su compromiso con la justicia económica estaba estrechamente vinculado con otra de sus grandes preocupaciones: el cuidado de la Creación. A lo largo de su vida promovió la agricultura orgánica, la agroecología y la producción de alimentos saludables, sin depender de productos químicos. Pero no se trataba solamente de ideas que defendía públicamente. En su propia casa mantenía una huerta donde cultivaba verduras y frutas, aplicando los principios que difundía y experimentando permanentemente con nuevas formas de producción. En sus reflexiones reconocía que su relación con la naturaleza había cambiado profundamente con los años. De una mirada centrada en dominarla y aprovecharla, había pasado a comprenderse a sí mismo como parte de ella. «Yo soy naturaleza», afirmaba, expresando una convicción espiritual según la cual los seres humanos no están por encima del resto de la Creación, sino que forman parte de una misma comunidad de vida.

Cuando recordaba su trayectoria pastoral, Juan Pedro evitaba presentar sus responsabilidades institucionales como los mayores logros de su vida. Incluso al referirse a su período como presidente de la IERP, destacaba que aquella tarea había representado una responsabilidad importante, pero nunca una aspiración personal. Lo que más valoraba eran las experiencias compartidas, los encuentros con las personas, las comunidades que crecían y las oportunidades de reconocer la gracia de Dios en situaciones inesperadas.

En una de sus últimas entrevistas expresó esa vivencia con una imagen que sintetiza buena parte de su manera de comprender el ministerio: «Dios me regaló la posibilidad de jugar a ser pastor». Con esa expresión no pretendía restarle importancia a la tarea pastoral, sino destacar la libertad, la alegría y la gratitud con las que había podido ejercerla. Sentía que el ministerio había sido, antes que una obligación, un regalo que le permitió disfrutar de innumerables encuentros y experiencias. También reconocía con gratitud la libertad que la IERP le había brindado a lo largo de su trayectoria para desarrollar su ministerio, buscar nuevos caminos y responder a los desafíos de cada comunidad.

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