“Y a los extranjeros que se entreguen a mí, para servirme y amarme, para ser mis siervos, si respetan el sábado y no lo profanan y se mantienen firmes en mi alianza, yo los traeré a mi monte sagrado y los haré felices en mi casa de oración. Yo aceptaré en mi altar sus holocaustos y sacrificios, porque mi casa será declarada casa de oración para todos los pueblos. Yo haré que vuelvan y se reúnan los que aún están en el destierro”. Esto lo afirma el Señor, que hace que vuelvan a reunirse los israelitas que estaban dispersos.
Isaías 56,6-8
Cuando Dios dice “todos”, verdaderamente quiere decir todos. Nadie queda afuera. A nadie Dios le niega, ni su invitación, ni su promesa. Por el contrario, en nuestro tiempo la palabra “todos” parece haberse gastado, por lo que se han ido proponiendo diferentes fórmulas para no olvidar a nadie. Algunas funcionan y otras parecen aún insuficientes.
En este pasaje, el Señor está mirando –tal como sucede hoy- una realidad fragmentada. De un lado están los extranjeros, tantas veces percibidos como una amenaza, y del otro, los desterrados del propio pueblo, que en su peregrinar también han ido desdibujando los límites de lo nacional. Los que vuelven no son los mismos que se fueron.
A todos ellos, y a todos nosotros y nosotras, Dios nos propone una nueva posibilidad de convivencia si permanecemos firmes en su alianza. Es una apuesta arriesgada, porque en el pasado hubo guerras e invasiones, y en el presente también. En este pasaje se nos invita a pensarnos como un todo plural que puede llegar a ser feliz en la casa de oración del Señor.
En el centro de este texto hay una imagen hermosa y poética, que en lenguaje de hoy diríamos es “inclusiva”. En ella se conjugan lo doméstico y lo universal, el calor humano de la casa y la alegría de una fiesta donde vuelven a reunirse hasta los más lejanos. Hagamos nosotros también que nuestras iglesias sean llamadas “casa de oración para todos los pueblos”.
Roberto Andrés Fuentealba Matus