Lo hago por amor a mi siervo Jacob, por Israel, mi escogido. Te llamé por tu nombre y te di un título de honor, aunque tú no me conocías. Yo soy el Señor, y no hay otro; fuera de mí no hay ningún dios. Te hice fuerte, aunque tú no me conocías, para que desde el oriente hasta el occidente se reconozca que no hay otro fuera de mí. Yo soy el Señor, y no hay otro.
Isaías 45,4-6
Tengo un primo lejano que es pastor en otra iglesia. Venía de tanto en tanto a casa a visitarnos junto a su esposa, siempre con buen humor y mucha simpatía. A mi hermano y a mí, desde chicos, nos encantaba cuando nos visitaba porque siempre traía alegría a nuestra casa.
Pasaron los años, y un día volvió a visitarnos. Nos contó con humildad sobre su trabajo en parroquias, su compromiso y las situaciones difíciles que acompañaba. Antes de almorzar, tomó la iniciativa para hacer una bendición antes de comer, y dijo: “Gracias, Señor, por todas las bendiciones que nos das, aunque a veces sean más de las que merecemos”.
Me impactaron esas palabras. Mi primo, una persona fielmente comprometida con su labor y con un inmenso carisma y una gran fe, aún se siente inmerecedor de tanto amor.
Entonces pensé: “¿Cuántas veces Dios nos ha dado miles de bendiciones sin siquiera conocerlo? ¿Cuántas veces nos ha llamado por nuestro nombre y no hemos sabido reconocer su voz?”.
Por eso, hoy quiero invitarte a que nos tomemos juntos cinco minutos para pensar en todo lo que Dios nos regala cada día, incluso cuando no somos conscientes.
Y, después, simplemente agradecerle por ello.
Agustín Pellegrini