Pueblos, préstenme atención, escúchenme, naciones: yo publicaré mi enseñanza y mis mandamientos alumbrarán a los pueblos (…) Levanten los ojos al cielo, y miren abajo, a la tierra: el cielo se desvanecerá como el humo, la tierra se gastará como un vestido y sus habitantes morirán como mosquitos. Pero mi salvación será eterna, mi victoria no tendrá fin.
Isaías 51,4 y 6
El profeta Isaías apela fuertemente para que se escuche con atención: Dios tiene una promesa de salvación para aquellos que sigan los mandamientos que iluminarán sabiamente a los pueblos.
La promesa y la palabra de Dios son el faro que guía a su pueblo, y se encarnó en Jesús para alumbrar a la humanidad.
Pero con cuánta frecuencia olvidamos sus mandamientos y nos apartamos de esa luz que vino a alumbrarnos, como explicó Jesús: “Este es el más grande y el primer mandamiento: Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todo tu espíritu. El segundo es semejante al primero: Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. Que hoy nuestro ruego sea recordar y atesorar sus mandamientos para poder ofrecernos a su voluntad.
“Señor, que pueda ser instrumento de tu paz Donde haya odio, que yo ponga el amor Donde ofensas hay que yo brinde el perdón Donde hay discordia, que procure la unión Para eso, tu ayuda necesito Señor Muéstrame la senda que nos marca tu amor”. (Oración de San Francico de Asís)
María Esther Norval