Martes 6 de octubre

En el monte Horeb hicieron un becerro, un ídolo de oro fundido, y lo adoraron: ¡cambiaron al Dios glorioso por la imagen de un buey que come hierba!

Salmo 106,19-20

El salmista deja de manifiesto la desviación del pueblo de Israel. Aquí podríamos aplicar el dicho popular que dice: “Si no lo veo, no lo creo”. Es que este pueblo era casi el único que tenía un solo Dios, y además era invisible. No lo veían. Todos los pueblos de los alrededores tenían muchos dioses visibles: la luna, el sol, un animal… Eran dioses que se podían palpar.
Es más fácil creer en algo que se ve y se puede tocar que en un Dios invisible que está en todas partes.
En la actualidad nos está pasando lo mismo. Hay tantos dioses atractivos que llaman constantemente nuestra atención y nos hacen desviar la atención y la adoración de nuestro Dios y padre creador de todo. Esos dioses están al alcance de nuestro cuerpo y dedicamos nuestra vida y felicidad a tratar de complacerlos.
Me refiero a cuando corremos desesperadamente detrás del dinero, cuando nuestra vida se centra solo en el trabajo y en tener más de lo que necesitamos. El salmista dice en el versículo 21: “Olvidaron a Dios, su Salvador, que había hecho grandes cosas en Egipto”. Cuando nos centramos en las cosas terrenales, olvidamos a ese Dios que nos dio la vida y que ha hecho y sigue haciendo grandes cosas por nosotros.
Dios nos llama a llevar una vida entregada solo a él, confiando en su mano protectora. Amén.

Darío Dorsch

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