Los llanos se cubren de rebaños, los valles se revisten de trigales; ¡todos cantan y gritan de alegría!
Salmo 65,13
En un pequeño pueblo, después de meses de sequía, cayó la lluvia esperada. Al día siguiente, los campos resecos comenzaron a revivir. Los agricultores, que antes miraban con preocupación sus tierras agrietadas, ahora contemplaban con esperanza los brotes verdes que emergían. Uno de ellos, don Andrés, dijo emocionado: “Dios ha sido bueno con nosotros”.
Dios es quien cuida y renueva la tierra, así como renueva nuestros corazones. A veces, pasamos por tiempos de sequía espiritual, momentos donde la esperanza parece agotarse. Pero Dios, en su fidelidad, nos riega con su amor y nos devuelve la vida. Su gracia es como la lluvia que transforma la aridez en campos fértiles.
Así como la tierra responde con alegría a la bondad de Dios, también nosotros estamos llamados a reconocer su mano en nuestra vida. La próxima vez que sientas que todo está seco y sin vida, recuerda: Dios tiene el poder de renovar y hacer florecer lo que parecía perdido. ¡La tierra canta de alegría, y nosotros también!
“Renacer, para una esperanza viva, como rama florecida sobre el tronco renacer. Renacer a una tierra prometida, una herencia compartida ¡Palabra del Señor!” (Cancionero Canto y Fe Nº 239).
Clara Meierhold