Estimadas hermanas, estimados hermanos: Como sinodales les saludamos deseando que la gracia de nuestro bondadoso Dios les acompañe.
Entre los días 8 al 11 de octubre, nos hemos reunido en la Congregación Evangélica del Alto Paraná en Hohenau, que amorosamente nos ha recibido y con quienes tenemos profunda gratitud.
Acompañó nuestras reflexiones el lema “Yo hago nuevas todas las cosas” (Apocalipsis 21:5). Esta promesa de Dios fue anunciada en un contexto donde los cristianos y cristianas se encontraban en una situación de crisis, sufrimiento, miedo e incertidumbre por una violenta persecución imperial que les impedía profesar y vivir su fe libremente; hoy en día nos identificamos con esos sentimientos, aunque las problemáticas sean diferentes.
Actualmente, estamos viviendo un tiempo donde el individualismo nos lleva a aislarnos, nos genera soledad y a su vez desinterés por lo comunitario; esto redunda en una falta de sentido de la vida que impide una visión esperanzadora del futuro.
Por otro lado, nos duele que tantas personas pierdan la fe, que parezca que cada vez la vida valga menos y que la Creación sea tratada como una mercancía antes que como un don que debemos cuidar.
Nos preocupan los discursos de odio a los que, constantemente, nos exponen los distintos sectores de poder. Así caemos en paranoias, enfrentados unos con otros, pensando que es mejor solo ocuparnos de nosotros mismos.
La velocidad del mundo nos impide acercarnos, escuchar y atender el llamado de nuestro buen Dios que nos dice que debemos amar y comprometernos con el prójimo; así normalizamos la pobreza, la destrucción y genocidios en las guerras, la marginalización de las personas vulnerables, adultos mayores, mujeres, niñeces, diversidades sexuales y personas con discapacidad que son el foco de la violencia en lugar de recibir protección y cuidado. También vemos cómo gran parte de la juventud cae en profundos estados de desesperanza.
Visibilizar que todas estas problemáticas están presentes en tres países distintos y en zonas diversas, nos lleva a reflexionar que todas tienen un mismo origen y sus raíces se entrelazan, pero por esta misma razón, podrían tener una salida común.
Como iglesia cristiana, sabemos que nuestra esperanza no consiste en cerrar los ojos y en esperar pasivamente que las cosas cambien: la esperanza que nace del evangelio nos compromete con la transformación de la realidad; creer que Dios hace nuevas todas las cosas significa asumir nuestra responsabilidad con el presente. Eso comprende acompañar a quienes atraviesan situaciones de pobreza, soledad o violencia; sostener familias que luchan por salir adelante, a quienes enfrentan deudas usurarias, defender la dignidad de cada persona y construir comunidades donde nadie sea descartado. Donde la misericordia, la ternura y el amor de Dios se pueden materializar y ser instrumentos de transformación de la realidad.
Volvemos a nuestras comunidades con la certeza de que ningún gesto de solidaridad es insignificante, ninguna vida es descartable y ninguna situación de sufrimiento debe dejarnos indiferentes. Nos afirmamos en la promesa de Dios que nos dice que aquello que más nos duele no durará para siempre, que Él está obrando incluso cuando no lo vemos, que lo viejo será renovado y que las cosas serán hechas nuevas, no sólo en las personas, sino en la comunidad y en la Creación toda.
Sostenidos en esa promesa, sigamos adelante sirviendo, acompañando, cuidando y sembrando esperanza.
Sínodo de la Iglesia Evangélica del Río de la Plata
11 de octubre de 2026