Miren la roca de donde fueron cortados, la cantera de donde fueron sacados; miren a Abraham, su padre, y a Sara, la que les dio la vida. Cuando yo lo llamé, era uno solo, pero lo bendije y le di muchos descendientes. Yo seré bondadoso con Sión, la ciudad que estaba toda en ruinas.
Isaías 51,1-3
Moisés concibe a Dios como una roca y a nosotros como una parte de sí mismo. Quizá, en la actualidad, siendo conscientes de nuestros errores, dejemos de lado la arrogancia de considerarnos dioses.
Sin embargo, el Padre envió a su Hijo para que viviera en este mundo, ampliara su comprensión divina habitando nuestra naturaleza y se completara ese vínculo de conocimiento y amor que nos redimiera.
Así lo hizo con Sara: se le acercó con misericordia, entendió la importancia de su anhelo, transformó su naturaleza estéril y la bendijo para que pudiera tener descendencia.
El desafío de ser el Padre hoy parte de esa roca fundante y me lleva a pensar en qué hacemos con nuestras vidas y con el mundo que nos ha sido regalado para vivir.
Quizá, si queremos esa vida venturosa que Dios prometió a Sión, debemos cambiar muchas de nuestras actitudes cotidianas: ser más empáticos, amorosos y misericordiosos; cambiar nuestra relación con el mundo que habitamos; desechar el consumismo; dejar de ser tan individualistas; respetar la vida de otros seres que habitan nuestros territorios, y aprender a pensar y actuar colectivamente.
Maria Esther Norval