Miércoles 21 de octubre

El Señor se dirigió a Moisés y le dijo: “Dile a la comunidad israelita lo siguiente: Sean ustedes santos, pues yo, el Señor su Dios, soy santo”.

Levítico 19,1-2

“Santo, santo, santo, santo, santo, santo, es el Señor, Dios de toda la tierra; santo, santo, es el Señor”. Así reza esta hermosa canción, muy popular en los cultos de la Congregación Montecarlo de la IERP, que invoca y enaltece a nuestro Dios llamándolo santo, tal y como él mismo se autodenominó. Él nos pide que también seamos santos, que cumplamos sus instrucciones y nos promete que, si lo hacemos, también seremos santos.
En la Biblia encontramos muchísimos versículos en los que se relata la comunicación directa de Dios con alguien en la tierra, y en muchos de ellos se vuelve a reiterar la petición de un buen compor- tamiento: nos pide que amemos a nuestro prójimo, que no peleemos, que brindemos ayuda y otras tantas prácticas para ser mejores per- sonas. Si llegáramos a cumplir la mayoría de sus peticiones, seríamos un pueblo mucho más unido, solidario y, por ende, mucho más feliz.
Si buscamos en el diccionario la definición de “santo”, veremos que se refiere a una persona que se destaca por su ética intachable, es decir, con buenos valores, que no hace el mal a nadie. Si nos ponemos a pensar en la petición que Dios le hizo a Moisés, no fue nada sencilla: que todos fueran santos. Si se hubiese logrado, nuestro mundo sería un lugar mucho más bonito.
Les invito a reflexionar: ¿qué hábitos estamos dispuestos a cambiar para cumplir con el pedido que Dios le hizo a Moisés?

Marcos Rubén Ritter

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