Miércoles 5 de agosto

“¿Qué haces allí Elías?” Él contestó: “He sentido mucho celo por ti, Señor todopoderoso, porque los israelitas han abandonado tu alianza y derrumbado tus altares, y a filo de espada han matado a tus profetas. Solo yo he quedado, y me andan buscando para quitarme la vida”.

1 Reyes 19,14

Elías, el gran profeta, es un perseguido político. Su gran lucha contra los falsos profetas y aduladores del rey, terminó en una masacre, y ahora el poder corrupto lo quiere matar. Debe refugiarse en Horeb, el monte de Dios.
Solo y con una profunda depresión, se siente abandonado. Dialoga entonces desesperado con Dios. La oración del perseguido es profunda y en los límites del sufrimiento humano. Elías habla con Dios, y Dios le responde de diversas y variadas maneras. No siempre como él espera que se manifieste.
Esta historia de Elías perseguido y refugiado en alguna cueva del Horeb, me remite al sufrimiento de aquellos testigos fieles de la justicia de Dios. Me recuerda a Bonhoeffer en la cárcel de Hitler. Y de tantos otros perseguidos políticos por denunciar la ruptura de los principios de la vida y los derechos humanos para la vida y la paz de Dios.
No podemos olvidar que el gran profeta del pueblo israelita fue un Elías digno y coherente con la alianza de Dios con su pueblo, para vida plena.
En el relato, Elías perseguido y en peligro, busca a Dios y su presencia salvadora en la historia, en su historia. Pero Dios no está en los sitios esperados y poderosos. En los grandes eventos de la naturaleza y la historia, sino en la suavidad y la delicadeza de una suave brisa del espíritu. Allí se encuentra Elías con su Dios y su misión, en una espiritualidad y un diálogo desesperado que es reconfortado inéditamente. Los caminos del Señor suelen ser frustrantes, pero de una gran ternura. Eso nos afirma bellamente esta historia de un perseguido político que estaba perdiendo sus esperanzas y Dios lo abrazó.

Rubén Carlos Yennerich Weidmann

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