Pues lo que Dios da, no lo quita, ni retira tampoco su llamamiento.
Romanos 11,29
En sus cartas, Pablo nos plantea una pregunta sobre cuál es el verdadero punto de partida donde se ubican los seres humanos. Sus habituales giros retóricos comienzan sugiriendo que alguien lleva una ventaja, o que algún grupo se ha alejado del camino, pero en seguida da un vuelco y replantea el caso: “todos han pecado y están lejos de la presencia gloriosa de Dios” (Romanos 3,23).
Nuestras pretensiones muchas veces son irreales. Creemos estar mejor –o peor- que otros. Nos negamos la empatía incluso cuando vivimos dificultades similares. La sabiduría popular nos recuerda que a este mundo “con nada venimos y con nada material nos vamos”. El poder y las riquezas son sólo prestados. Para los pueblos indígenas la muerte es sagrada, porque en ella no hay diferencias.
Tampoco somos mejores a la hora de superar nuestros defectos personales ni de tener una opinión justa sobre las limitaciones de los demás. Convivir nos exige esfuerzo y constancia, pero también nos cansamos y buscamos la comodidad. Necesitamos a Dios y necesitamos a los demás. La porfía para aceptar esta condición —que solemos llamar pecado— es a lo que Pablo se refiere cuando habla de desobediencia.
En Romanos, la “igualdad negativa” del ser humano se contrapone a la “igualdad positiva” que proviene de Dios. La palabra final no es la desobediencia, sino la compasión gratuita manifestada en Jesucristo a “todos por igual”. Este es el punto de partida que nos permite crecer como personas y como comunidad: “Pues lo que Dios da, no lo quita, ni retira tampoco su llamamiento”.
Dios es compasión, y esa compasión es la roca de nuestra fe.
Roberto Andrés Fuentealba Matus