Sábado 8 de agosto

Pues la Escritura dice: Todo aquel que en él creyere, no será avergonzado.

Romanos 10,11

La vergüenza es el dolor silencioso que nos hace creer que “no soy una persona lo suficientemente buena”, “no soy digna de estar aquí”, “si la gente realmente supiera quién soy, me rechazaría”. La vergüenza es una emoción que aísla, paraliza y silencia. Nos hace ocultar nuestras verdades, nuestros dones, nuestras historias, especialmente cuando vivimos en contextos que marginan a las personas por su género, color, clase o identidad. La vergüenza nos impide experimentar la gracia de Dios en nuestras vidas.
El apóstol Pablo, sin embargo, nos ofrece una poderosa promesa: “El que cree en Cristo no será avergonzado jamás”. Creer en Cristo es confiar en que nuestra dignidad no depende de las reglas injustas de la sociedad, ni de las voces que nos disminuyen. Es permitir que la gracia de Dios deshaga las cadenas de la vergüenza y restaure en nosotros y nosotras la verdad: somos personas profundamente amadas por Dios.
Esta promesa es también un llamado a la acción. Como comunidades de fe, estamos desafiadas a ser espacios de pertenencia y liberación, donde mujeres, hombres y personas de todas las identidades puedan vivir su llamado sin miedo, sin vergüenza, sin silenciamiento. La justicia de género también trabaja para sanar la vergüenza que impide a muchas personas desarrollarse plenamente.
Jesús, tú que sufriste el dolor de la injusticia y rompiste el poder de la vergüenza, danos coraje para creer en la verdad de tu gracia. Libéranos de las voces que nos disminuyen y fortalécenos para vivir como tus hijas e hijos. Que nadie, creyendo en ti, se avergüence de ser quien es. Amén.

Marcia Blasi

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