Viernes 14 de agosto

Ahora pregunto: ¿Será que Dios ha rechazado a su pueblo?

Romanos 11,1

Rompamos con nuestro pensamiento binario y dicotómico. La aceptación de unos no tiene por qué significar el rechazo de otros.
Ensanchar el círculo no implica expulsar a los que estaban antes. El padre misericordioso que sale a recibir al hijo perdido, también
quiere celebrar junto a su hijo fiel: “Hijo mío, tú siempre estás conmigo, y todo lo que tengo es tuyo” (Lucas 15,31).
La propuesta del Evangelio nos obliga a cuestionar nuestra lógica defensiva. Pablo lo remarca recordando su propia biografía como
israelita que habla a gentiles. Sin embargo, vivimos clasificando al otro: o es amigo o es enemigo. Simplificamos el mundo, pero es un
espejismo. Nunca somos ajenos a la complejidad de las relaciones humanas en las que estamos inmersos.
Desde un punto de vista psicológico, esta “polarización” dice algo de las propias experiencias de rechazo que necesitamos sanar. A
muchas personas les enseñaron a ganar a cualquier precio, para no ser vistas entre los “perdedores”. Aprendieron a desconfiar, porque
si cometían un error, pensaron que no habría nadie para ayudarlos. La solidaridad les resulta sospechosa.
Sin embargo, la buena noticia de este pasaje es precisamente que Dios “no los ha rechazado”, ni a los israelitas ni a los demás pueblos. La capacidad de integrar las partes es lo propio de la gracia de Dios. Nos invita a la reciprocidad entre unos y otros. El filósofo
Martin Buber escribió que el humano es “ser en relación”, y por eso, la comunidad es una suma en lugar de un empate. Todos somos prójimos de todos.
La respuesta de Pablo pone su fe en un Dios que se regocija con el reencuentro. El padre misericordioso ama a sus dos hijos y los quiere ver juntos. Su deseo de compartir por igual con ambos es su verdadera herencia. Lloremos con quienes lloran y riamos con quienes ríen, “porque tu hermano, que estaba muerto, ha vuelto a vivir; se había perdido y lo hemos encontrado” (Lucas 15,32).

Roberto Andrés Fuentealba Matus

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