Viernes 28 de agosto

Hagan suyas las necesidades del pueblo santo; reciban bien a quienes los visitan.

Romanos 12,13

La carta de Pablo a los Romanos, nos exhorta a practicar a una hospitalidad activa y generosa, a abrir nuestras vidas al prójimo, especialmente al extranjero, al necesitado, al vulnerable. Tal vez porque nuestros abuelos fueron migrantes y porque muchos también lo somos, esta invitación está a flor de piel. No siempre logramos dimensionar plenamente lo que significa.
Hace algunas semanas, una persona muy querida me sorprendió al decirme, cuando nos reencontramos: “Cuando llegamos a Buenos Aires, ustedes eran un faro para nosotros y el grupo de universitarios, un refugio. Hacía la diferencia; no nos sentíamos solos”. Han pasado muchos años desde aquellas tardes de domingo en Belgrano en las que nos reuníamos estudiantes de las más variadas disciplinas: veterinaria, ingenierías, ciencias naturales, ciencias sociales y teología. No faltaba quien hubiera salido a trabajar. Ierpinos, amigos. Sus palabras me ayudaron a dimensionar la importancia de las cosas simples: desde aprender a usar la “Guía T” para movernos por la avasallante ciudad hasta prestarle el hombro para compartir la frustración de un examen fallido o un mal momento. Ese mate amigo en alguna tarde gris y, sobre todo, el abrazo cálido y sincero para combatir la soledad. Evoqué esos días y esos rostros con cariño.
Doy gracias por aquellos días de aprendizaje y crecimiento compartidos. Porque sé que ese llamado a ser hospitalarios sigue siendo parte de todos nosotros. Ojalá seamos capaces de valorar la importancia de recibir a los demás, de compartir, de esos gestos sencillos que pueden cambiar nuestras vidas y las de los demás de formas que tal vez nunca lleguemos a conocer o comprende

Astrid Hardtke

Compartir!

Facebook
Twitter
LinkedIn
WhatsApp
Email
Print