Digan ustedes de corazón. Que haya paz en ti, Jerusalén, que vivan tranquilos los que te aman. Que haya paz en tus murallas, que haya seguridad en tus palacios.
Salmo 122,6-7
El salmista alaba y anhela una ciudad de Jerusalén en paz, con sus habitantes seguros y con una vida tranquila, con seguridad para el rey. En función de la vida digna de sus habitantes y gobernantes están las políticas y para ello es el Templo de Dios o la religión. El Shalom no es en detrimento del pueblo, sino para la gente. La paz se construye desde los tribunales de justicia (122,5).
La paz no es un fin en sí mismo, lo que equivale a decir que no es un deseo en una postal o un discurso en la ONU. La paz es la consecuencia de la vida digna y plena. Entonces si podemos afirmar que la paz viene y es de Dios.
En la Biblia se critican con frecuencia los olvidos, los errores y las rupturas del pacto de paz con Dios. El profeta Isaías en su magnífica y actual profecía (Isaías 59), denuncia, entre otras cosas, que Israel no conoce el camino de la paz. La misma denuncia que llevó a Jesús a llorar por esa ciudad, “Si en este día tu también entendieras lo que puede darte paz”.
En este tiempo el signo que nos rompe y destruye es la guerra y la violencia en sus múltiples formas. Jerusalén es una ciudad sitiada y con un escudo antimisiles, y a pocos kilómetros se está llevando a cabo un feroz genocidio contra el pueblo palestino. No sé qué ocurrirá con las otras guerras, ni si cuando estés leyendo estas palabras no habremos entrado brutalmente ya en la tercera guerra mundial. Pero sí puedo afirmar que estamos ignorando la voluntad de Dios y su pacto de paz entre las naciones.
Las palabras del salmista siguen retumbando en nuestros oídos sordos. Los templos y las religiones del mundo, nuestros templos y comunidades e iglesias, deben buscar la paz. Deben ser lugar de cuidado para la paz profunda, en nuestras familias, en el barrio, en las instituciones. Es la oración de Dios. Amén.
Rubén Carlos Yennerich Weidmann